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martes, 11 de diciembre de 2018

MASTICO, MASTICO, MASTICO

Se acaba el año y mastico todas las cosas que han sucedido. Y pienso en este blog mío que agoniza, mientras mi pulsión por la novela se come mi vena microrrelatista. Así que no me queda otra que agradecer a Esta Noche Te Cuento que mantenga viva en mí esa adicción a lo breve que me hizo comenzar a escribir.
No es esta la última entrada del año. Prometo volcar aquí mi resumen anual que tradicionalmente vierto en Redes sociales.
Mientras, os dejo con un relato, para que lo mastiquéis y lo disfrutéis, basado en esta fotografía de Robert Doisneau 







 EN NADA

A veces soy madre de un niño de cuatro años. De un niño de ojos marrones y cabello castaño.  Veo sus manos aferradas a las mías antes de cruzar la calle. Nos imagino a los dos parados en un paso de peatones con la vista fija en el monigote rojo que no se decide a cambiar. Lo veo en el tiovivo, subido a un descapotable azul que parece de juguete. En la mesa de la cocina, torciéndole el gesto a la merluza. Sentado en el baño, con los pies colgando, sin tocar el suelo. Le leo un cuento, sentada en una cama que debería seguir en tu estudio. Ese estudio de paredes grises que una vez fueron azules. Lo observo en el ascensor, de puntillas, intentando llegar hasta el botón del piso tres. 
A veces sucede. Está sucediendo ahora. Esas imágenes son solo un destello. Las borro con un parpadeo enérgico. Después, ignoro ese ruido que siento dentro del estómago, semejante al estruendo que provoca aquel que pisa caracoles. Recompongo el gesto. Salgo del baño. Me acerco a la cocina. Me siento delante de ti. Sigo comiendo. Mastico. Mastico. Mastico. 
Mastico y me preparo para contestarte.
— ¿En qué piensas?


domingo, 7 de octubre de 2018

PROCRASTINAR (SEGUNDA PARTE)

De nuevo lo he dejado para el último día. Dejémoslo en que lo importante es llegar. Así que otra vez, sobre la campana, escribo mi participación en Esta Noche Te Cuento, cuya propuesta era esta fotografía de Vivian Maier



TREINTA SEGUNDOS

Escucha el hipnótico tintineo de la moneda cayendo dentro de la máquina expendedora. Click. Elija fecha. Lugar. Persona. 1995. Barcelona. Laura. Al instante la ve en el baño, secándose el pelo. Nada más. El zumbido monocorde del secador. Treinta segundos. Otra moneda. Click. 2001. Come una manzana, apoyada en el quicio de la puerta. Otra. Click. 1989. Laura en la biblioteca de Derecho. Muerde el  lápiz. La observa igual que lo hizo aquel día, durante los treinta segundos anteriores a que él le hablase por primera vez. Click. 2022. Lo recuerda perfectamente. Una moneda desperdiciada. Es la boda de su hija. Aquí ya estaban divorciados. Ella no le habló en todo el día. Treinta segundos de Laura observando a su hija bailando el vals nupcial. Sonríe. Le quedan dos monedas. 2007. Sentada en el cine. Intenta recordar la película. No puede. Laura no ríe. Tampoco llora. Nunca lloraba en las películas. 2031. Laura dormida en el tren, sobre el hombro de otro hombre. Veintiocho, veintinueve… treinta. Fundido en negro.
Hurga en el bolsillo. Vuelve al andén del metro. Se sienta sobre los cartones. “Una moneda, por favor”. Estira la mano  al paso de un hombre.  “Por favor, una moneda”.



sábado, 15 de septiembre de 2018

LA DISTANCIA EXACTA ENTRE DOS MUJERES


El pasado julio se publicó en la revista de Renfe un relato mío. Me ha hecho muchísima ilusión estar ahí, amenizando el viaje de todos los usuarios del tren. El tren ha sido siempre mi medio de transporte favorito. Aquí tenéis el relato que podréis ver también en la página 98 de la revista en este enlace : Club Renfe. Número 30







La distancia exacta entre dos mujeres
Yo tenía dieciocho y aún daba los besos con los ojos cerrados. Él debía tener al menos treinta. Era francés. Y alto. Su mujer, no. Era muy bajita. Solo recuerdo eso. Lo bajita que era. Y el bebé, por supuesto. El bebé lo recuerdo muy bien. Todo sigue en mi mente. El vagón. El olor a vómito y a talco. Su pelo rubio. Los ojos claros de él, tan iguales a los del niño, clavados en mí. La mancha de nacimiento en el dorso de su mano.
El hombre que se sienta a mi lado en el AVE, tiene una mancha idéntica en la suya. Cierro los ojos. Y todo vuelve. Sus ojos grises. El paisaje deslizándose tras la ventana del tren, a toda velocidad. Entonces, era el tren el que estaba quieto mientras el cielo y los campos trigueños galopaban furiosos. Ahora el tiempo fuera se detiene, y aquí dentro todo se desboca. Miro mi reflejo en la ventanilla. La distancia exacta entre esta mujer y la que fui es de veintiún años, tres abortos y un divorcio. La distancia exacta entre esa mancha en la mano de ese hombre y la del otro se desvanece en cuanto alzo mi vista hacia su rostro y descubro los ojos marrones del hombre que viaja mi lado. Pelirrojo. Unos cuarenta. No es él. Y el tiempo vuelve de nuevo a detenerse en el vagón, para retroceder más de dos décadas. Cierro los ojos, como solo saben cerrarlos las chicas de dieciocho que besan a desconocidos en los baños de los trenes. Y vuelvo a recordarlo todo. Su aliento en mi cuello. Su mano en mis muslos. El roce de su barba. Recuerdo mi espalda pegada a la pared de ese baño minúsculo, claustrofóbico. Y de nuevo el tiempo detenido. El tren detenido. Me quedé media hora en aquel baño. Sin atreverme a abrir los ojos, hasta que el tren reanudó una marcha vacilante, incierta y convulsa. O quizá era yo la que me movía así. Como un autómata que sabe que se dirige de vuelta a un vagón que intuye vacío. Lo estaba. Olía a leche agria y a decepción.
Ignoro la distancia exacta entre este tren y aquel. Entre esta mancha en la mano y la otra. Entre la mujer que le pregunta la hora al pelirrojo y la chica que, con la cabeza apoyada en la ventanilla, perfilaba con el dedo índice sus labios hinchados. Solo sé que ambas observan su propio reflejo, mientras se preguntan quiénes son, a dónde van, si el tiempo corre, vuela, se para o se desboca. Quizá ni siquiera son la misma mujer. Porque ahora beso con los ojos abiertos, y nunca a desconocidos. Aunque veintiún años, tres abortos y un divorcio después, fijo la vista en ese reflejo y veo a las dos, haciendo equilibrios en el espacio y en el tiempo. Y creo que no me equivoco, juraría que ambas, en un ejercicio de perfecta sincronización, nos hemos echado a llorar.

domingo, 26 de agosto de 2018

PROCRASTINAR

No puedo titular de otra forma esta entrada. Mi eterna manía de dejarlo todo para el final. Sobre la campana escribo este relato para ENTC.  Pero qué le vamos a hacer. No me da la vida.
En fin, la fotografía de este mes era esta de Cristina García Rodero. Sábanas, madres, regañinas maternas. Y esto fue lo que salió. Espero que os guste.




El último pensamiento del sargento Juan Soler. 

Noviembre. 1938. Observen a ese sargento que está a punto de ser ajusticiado contra un muro.  Con esa dignidad propia de los vencidos, mantiene la mirada fija en el muchacho que va a dispararle. Deja su mente en blanco. En sus ojos, bajo el recuerdo de todos los hombres que mató en la última batalla cuando aún no sabía que sería la última, encuentra una imagen de su infancia: su madre, cantando en la era mientras tiende la colada. 
Giren ahora la vista ciento ochenta grados. El que apunta es un soldado raso de apenas diecisiete años. Fíjense en el temblor anárquico de su mano derecha y en cómo escudriña los ojos del ajusticiado. Ya saben lo que está viendo. Lo que no saben es que el muchacho reconoce en la madre del sargento a la suya propia. La naturaleza siempre, inexorablemente, acaba encontrando nuestro punto más débil. Es por eso que solo cuando esquiva la mirada del hombre, consigue apretar el gatillo. 
Luego se acerca al muerto. Con la misma mano derecha, le cierra los ojos. Aunque sabe que ya nunca dejará de ver esa era. Ese vaivén cadencioso de las sábanas. Nunca dejará de ver a esa madre.

jueves, 21 de junio de 2018

Unos pies sobre el agua


El mes pasado no me dio la vida (horrorosa expresión) para participar en Esta Noche te cuento. Este mes me he puesto a ello Y me ha salido uno de amores extraños de gente incompleta que se siente completa. 

La imagen que inspiraba esta convocatoria era esta de Benoit Courti





Tullidos

El día en que ella no lo vio por primera vez, estaba en el muelle, sentada, con sus piernas suspendidas sobre el agua. Balanceándose. A él aún le duele ese recuerdo. Por una vez en su vida sintió un relámpago reptando por sus brazos invisibles y un calambre en el preciso lugar donde sus manos nunca estuvieron. 
Se pelean por hablar, porque eso sí pueden hacerlo ambos. A él le apasionan sus descripciones de sonidos. El arrastrarse de un caracol. El estruendo del contenedor del vidrio, al vaciarse en un camión. El crichcrich del plástico rígido, el de los envoltorios de regalo. Él no le dice que nunca ha abierto un regalo. A cambio, él suele describirle el mar. Es torpe con las palabras: le dice que es azul, o gris. Ella, en su oscuridad y según el día, lo siente tibio, anguloso, esférico o áspero. Pero no le corrige. 
Nunca se tocan, porque eso ya no pueden hacerlo ambos. Se sientan a una distancia exacta de cinco palmos (medidos con las manos de ella) y siete miradas (medidas con los ojos de él). Y así pasan las tardes. Esperando al día siguiente.
Para no verse.
Para no tocarse. 

domingo, 15 de abril de 2018

De ventanas y otras historias

Qué le vamos a hacer. No me gusta la foto que este mes tenía que inspirar nuestro relato de Esta Noche te Cuento. Ventanas, dragones o sirenas. Todo junto, así. Y me ha quedao un relato raro. De ausencia. Muy de penas.  No muy mío. O más bien, muy de la Arantza que empezó a escribir microrrelato hace cinco años. 
Bueno, es lo que me ha salido. no quisiera faltar a mi cita con ENTC.

Fotografía de René Maltête

Lucas: Capítulo 15, versículos 11 al 32.

“Lucaaaaaas, a cenar”. Casi puede oírla. Le gusta recordar su voz así. La voz de cuando ella era su madre y él un niño de ocho años que jugaba en ese jardín. ¿Qué le dirá? Quizá un “¿Por qué, Lucas?” Quiere pensar que abrirá la puerta y le dejará entrar. Aunque hayan pasado treinta años. Mira hacia arriba, esperando verla salir por esa ventana por la que siempre asomaba para despedirlo, cuando iba al colegio. La ventana de la foto. El cristal de la puerta le devuelve su reflejo. El tipo que lo mira es un fantasma que nunca tuvo ocho años. Timbra. En cuanto se abre la puerta, la boca se le llena de silencio. Solo se miran unos segundos. Es ella. Y no lo es. Es lo que su ausencia ha hecho de ella. Y no lo reconoce. Porque él ya no es Lucas. Es un reflejo en el cristal. Le dice eso de “No damos limosnas”. Así que él da media vuelta y deja atrás todo. El Lucas que fue. La ventana. La foto sobre la chimenea. Su madre. Esa que, sin llorar, aprieta los puños y murmura con voz inaudible “tu padre murió en 2006”

jueves, 8 de febrero de 2018

SOMBRA AQUÍ Y SOMBRA ALLÁ

Inquietante la propuesta de ENTC de  este mes. de esas fotografías que te dan vuelta la cabeza del revés como a esa niña y te dejan mal cuerpo para todo el día.
Esta es mi propuesta. Pasen, pónganse cómodos y lean. 

Fotografía de Tom Waterhouse

LOS ÚLTIMOS

Desde que los niños desaparecieron, la ciudad se ha llenado de un silencio denso y casi masticable. Todos hacemos como que es normal. Pero no lo es. Como tampoco es normal ese olor a adulto que lo impregna todo. Ya no huele a caramelos de cereza ni a goma de borrar de nata. Huele a desinfectante y a coche nuevo. A laca de uñas y a consulta de dentista. Aún así, a veces, puede sentirse su presencia. A mí me ha pasado. Cuando eso sucede, me giro, incrédulo, para tropezar con su sombra tatuada en una pared. No son más que eso. Sombras. Nos esforzamos por seguir con nuestras vidas, aparentando normalidad. Por eso del qué dirán. Y nos levantamos, nos vestimos, salimos a las calles, ignoramos su ausencia, comemos, bebemos, bailamos, reímos e incluso hacemos el amor. Eso sí, a desgana, porque sabemos que nuestro semen se derrama ahora sobre vientres estériles. En unos años, los habremos olvidado. Nos habremos acostumbrado a esas sombras, a esos olores y a ese silencio que sustituyó a sus gritos de socorro, y que ignoramos con cobardía. Ese silencio que se desparramará sobre nuestras tumbas. Esas sobre las que nadie llorará.