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jueves, 21 de junio de 2018

Unos pies sobre el agua


El mes pasado no me dio la vida (horrorosa expresión) para participar en Esta Noche te cuento. Este mes me he puesto a ello Y me ha salido uno de amores extraños de gente incompleta que se siente completa. 

La imagen que inspiraba esta convocatoria era esta de Benoit Courti





Tullidos

El día en que ella no lo vio por primera vez, estaba en el muelle, sentada, con sus piernas suspendidas sobre el agua. Balanceándose. A él aún le duele ese recuerdo. Por una vez en su vida sintió un relámpago reptando por sus brazos invisibles y un calambre en el preciso lugar donde sus manos nunca estuvieron. 
Se pelean por hablar, porque eso sí pueden hacerlo ambos. A él le apasionan sus descripciones de sonidos. El arrastrarse de un caracol. El estruendo del contenedor del vidrio, al vaciarse en un camión. El crichcrich del plástico rígido, el de los envoltorios de regalo. Él no le dice que nunca ha abierto un regalo. A cambio, él suele describirle el mar. Es torpe con las palabras: le dice que es azul, o gris. Ella, en su oscuridad y según el día, lo siente tibio, anguloso, esférico o áspero. Pero no le corrige. 
Nunca se tocan, porque eso ya no pueden hacerlo ambos. Se sientan a una distancia exacta de cinco palmos (medidos con las manos de ella) y siete miradas (medidas con los ojos de él). Y así pasan las tardes. Esperando al día siguiente.
Para no verse.
Para no tocarse. 

domingo, 15 de abril de 2018

De ventanas y otras historias

Qué le vamos a hacer. No me gusta la foto que este mes tenía que inspirar nuestro relato de Esta Noche te Cuento. Ventanas, dragones o sirenas. Todo junto, así. Y me ha quedao un relato raro. De ausencia. Muy de penas.  No muy mío. O más bien, muy de la Arantza que empezó a escribir microrrelato hace cinco años. 
Bueno, es lo que me ha salido. no quisiera faltar a mi cita con ENTC.

Fotografía de René Maltête

Lucas: Capítulo 15, versículos 11 al 32.

“Lucaaaaaas, a cenar”. Casi puede oírla. Le gusta recordar su voz así. La voz de cuando ella era su madre y él un niño de ocho años que jugaba en ese jardín. ¿Qué le dirá? Quizá un “¿Por qué, Lucas?” Quiere pensar que abrirá la puerta y le dejará entrar. Aunque hayan pasado treinta años. Mira hacia arriba, esperando verla salir por esa ventana por la que siempre asomaba para despedirlo, cuando iba al colegio. La ventana de la foto. El cristal de la puerta le devuelve su reflejo. El tipo que lo mira es un fantasma que nunca tuvo ocho años. Timbra. En cuanto se abre la puerta, la boca se le llena de silencio. Solo se miran unos segundos. Es ella. Y no lo es. Es lo que su ausencia ha hecho de ella. Y no lo reconoce. Porque él ya no es Lucas. Es un reflejo en el cristal. Le dice eso de “No damos limosnas”. Así que él da media vuelta y deja atrás todo. El Lucas que fue. La ventana. La foto sobre la chimenea. Su madre. Esa que, sin llorar, aprieta los puños y murmura con voz inaudible “tu padre murió en 2006”

jueves, 8 de febrero de 2018

SOMBRA AQUÍ Y SOMBRA ALLÁ

Inquietante la propuesta de ENTC de  este mes. de esas fotografías que te dan vuelta la cabeza del revés como a esa niña y te dejan mal cuerpo para todo el día.
Esta es mi propuesta. Pasen, pónganse cómodos y lean. 

Fotografía de Tom Waterhouse

LOS ÚLTIMOS

Desde que los niños desaparecieron, la ciudad se ha llenado de un silencio denso y casi masticable. Todos hacemos como que es normal. Pero no lo es. Como tampoco es normal ese olor a adulto que lo impregna todo. Ya no huele a caramelos de cereza ni a goma de borrar de nata. Huele a desinfectante y a coche nuevo. A laca de uñas y a consulta de dentista. Aún así, a veces, puede sentirse su presencia. A mí me ha pasado. Cuando eso sucede, me giro, incrédulo, para tropezar con su sombra tatuada en una pared. No son más que eso. Sombras. Nos esforzamos por seguir con nuestras vidas, aparentando normalidad. Por eso del qué dirán. Y nos levantamos, nos vestimos, salimos a las calles, ignoramos su ausencia, comemos, bebemos, bailamos, reímos e incluso hacemos el amor. Eso sí, a desgana, porque sabemos que nuestro semen se derrama ahora sobre vientres estériles. En unos años, los habremos olvidado. Nos habremos acostumbrado a esas sombras, a esos olores y a ese silencio que sustituyó a sus gritos de socorro, y que ignoramos con cobardía. Ese silencio que se desparramará sobre nuestras tumbas. Esas sobre las que nadie llorará.   



jueves, 11 de enero de 2018

ES TIEMPO DE... MICROBIBLIOTECA

No sé que tiene la Microbiblioteca, que siempre me sorprende. Le tengo mucho respeto a este concurso. Por eso, cuando como hoy, me entero de que un micro mío ha ganado allí, me asalta una sensación que solo puede describir como una mezcla de rubor e incredulidad. Rubor, por que sé de todos los grandes escritores que participan cada mes. Incredulidad porque siempre pienso que mi micro no estará a la altura. Esa sensación se multiplica hoy, cuando mi relato ganador, es un relato con una voz muy poco "Portabales", muy críptico, con doble o triple elipsis y cuasiexperimental.
Sea, como sea, feliz de estar ya en esa final anual de junio, y gane o no gane, intentaré estar en Barberá en Septiembre.

Imagen tomada de Internet

Diagrama de causa y efecto

El día que murió H. Manrique, Darío Jardiel, subió al metro por primera vez en diez años.  Mientras los hijos de Manrique redactaban la esquela, Darío se situó detrás de una mujer rubia de abrigo rojo. Mientras los amigos de Manrique se acercaban al tanatorio como hormigas en formación, Darío, lentamente, deslizó su mano por su espalda, hasta detenerla en su culo. Mientras llegaban las coronas de flores, Darío apretó su mano sobre las nalgas de la mujer. Mientras la mujer de Manrique lloraba, Darío comenzó a frotarse rítmicamente contra ese abrigo rojo. El cura preguntó a los hijos de Manrique cuándo sería el oficio, mientras Darío jadeaba en la oreja de la mujer.
Ambos acontecimientos discurren paralelos, como universos de ficción. Manrique sigue muerto. El cerdo se frota contra la rubia. No se aprecia relación entre ambas historias. Aunque les aseguro que si Manrique no hubiese resbalado en la ducha, Darío no estaría ahora a punto de correrse en un vagón abarrotado de metro.
Ahora me retiro y los dejo solos para que especulen a dónde va la rubia, por qué resbaló Manrique, o por qué demonios Darío no cogió, como cada día, el autobús número dieciséis.



sábado, 6 de enero de 2018

HOLA 2018. ES TIEMPO DE PAYASOS.

Comienza el año 2018 y la web de Esta Noche te Cuento aparece renovada. Una excusa como otra cualquiera para escribir un relato.

La propuesta es un relato basado en esta imagen:

Fotografía de Thomas Hoepker




Arriba. Abajo. Norte. Sur.

Un payaso no es un buen payaso si no controla su rictus. Rictus alegre. Rictus triste. Payaso melancólico. Payaso feliz. Es una cuestión de orientación. Más de sentido que de dirección. La carretera es la misma, pero no la ve igual el prisionero que huye de la ciudad que el soldado que vuelve a casa. Hacia el norte. Hacia el sur. Un beso en la frente no es un beso en los labios. Hacia arriba. Hacia abajo. Una mano en el regazo nunca será igual a una mano explorando bajo la falda. Un payaso es un buen payaso cuando no le tiembla el pulso al dibujar el trazo de su sonrisa fingida, concluye el tipo, mientras la taquimecanógrafa rubia que tiene al lado, en la barra del bar, piensa que está pirado. Aunque no puede evitar que le guste esa sonrisa (hacia arriba) que contrasta con la pintada en su rostro (hacia abajo). También piensa que falta una hora para volver a la oficina. Que no estaría mal ir hacia el Metro. Coger la línea azul. Y, si la sigue, poner rumbo a su casa. Hacia el norte. Y, si no lo hace, volver al trabajo. Hacia el sur.  

domingo, 17 de diciembre de 2017

ESTA NOCHE TE CUENTO…… QUE CREO EN LAS MEIGAS

Seres mágicos….bufff. Cerramos año en ENTC con el tema de seres mágicos. A mí, que soy la reina de lo cotidiano, que escribo sobre señoras que no recuerdan si las lentejas llevan o no chorizo, me cuesta un mundo volcarme en un mundo de hadas y elfos. Pero soy gallega, así que no me queda otra que hace un relato de Meigas…porque eu non creo nas meigas, pero habelas, hainas.


Imagen tomada de internet

YO NO CREO EN LAS MEIGAS, PERO…

Del día que te ahorcaste, apenas recuerdo nada. Los silencios de la casa, inundados por el crujir de la madera bajo los pies del dueño de la funeraria. Que era enorme. Y tuerto. Eso sí que lo recuerdo. Y que no te descolgaron hasta que llegó el juez de paz, que no vino hasta que no acabó su partida de dominó. Lo esperé a tu lado, con la vista fija en tus zapatos de domingo. Pensando en por qué llevabas el izquierdo desatado. O por qué te habías atado el derecho. También recuerdo que no fui capaz de levantar la vista más allá de tu cintura. Tus piernas colgaban inertes. Me entró el absurdo deseo de empujarlas para provocar un movimiento pendular y cadencioso, como el de esos tentetiesos con los que juegan los bebés.
No recuerdo nada más.
El tuerto te llevó a la habitación. Y nos quedamos allí solos. Fue en ese momento, cuando vi tus ojos abiertos.
Supongo que a los muertos no les queda más que eso. Una imagen congelada en la retina. La última que han visto. O la última que hubieran deseado ver. Y allí, dentro de tu pupila, estaba ella.
Haberlas, haylas.


sábado, 16 de diciembre de 2017

HAY BELLEZA DEBAJO DE LAS COSAS

Hay películas que marcan. Escenas que no se olvidan.Y en este caso para mí esta es LA ESCENA y esta es LA PELÍCULA. Por eso le debía un microrrelato, que se va directo al libro de la MICROBIBLIOTECA como finalista de Noviembre, acompañado de los Micros de Susana Revuelta, Juancho Plaza y la inconmensurable Mar Horno.





American Beauty

Fue en el cine Gónviz. Yo tenía quince. Me besó justo cuando la bolsa blanca emprendió su vuelo anárquico y etéreo. El protagonista hablaba de que había vida bajo las cosas. Yo solo podía pensar en su lengua. Abrí un ojo y me concentré en aquella danza hipnótica. Supongo que eso es la belleza. El equilibrio. Un perfecto ejercicio de sincronización. La bolsa. Sus labios. El deseo. La electricidad.
Ayer lo encontré en el pediatra. Sabía que se había casado, pero no que tuviera niños. Su mujer amamantaba un bebé. Boca. Pezón. Dentro. Fuera. Dentro. Fuera. Javier, grité. Y mi hijo dejó de molestar a una niña rubia. Javier también me miró. Desvié la vista hacia la ventana. Hacia un enorme liquidámbar. Rojo. Marrón. Naranja. Javier, dijo su mujer. Y mi hijo dijo qué. Y él dijo qué. Y su hijo siguió mamando. Dentro. Fuera. Dentro. Fuera. Entrecerré los ojos, esperando ver brotar mil bolsas blancas de las ramas del árbol. Nada. Hasta que nuestras miradas se cruzaron. Un segundo. Dos. Doce. Setenta y ocho. Tras la ventana, comenzó a llover. El liquidámbar agitó sus ramas. Hay vida debajo de las cosas, pensé.
También pensé en su lengua.
En el equilibrio.
En la puta electricidad.