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| Tarfaya. Fotografía de Fernando Penas. Año 2008 |
CARTAS PARA ELENA
Querida Elena:
El sol de Tarfaya quema. Cabalgo
sobre las olas y cierro los ojos. Te veo a mi lado, con tu pelo negro y crespo,
teñido de sal. Estiro la mano y casi rozo tu piel de neopreno. Después vuelvo a
la orilla. Y no queda nadie. La casa de Amîn está cerrada. Las calles son un
inmenso escenario de atrezo en el que todos habéis desaparecido. Suelo
deambular por el zoco de El Aaiun, buscando tu rostro en cada puesto, en cada
esquina. Nunca estás. Siempre lo tuvimos claro. Hasta que la muerte nos separe.
Pero no sabíamos lo que eso supondría. Lo que duele la ausencia.
Busca a Fátima. Dile que he
encontrado a Omar. Que lleva aquella camiseta del Barça que le trajimos en
nuestro tercer viaje. Está guapo, el enano. Aún tiene ocho años. Juega al
futbol a todas horas. Le sigue faltando un diente. Y luce una eterna herida en
la rodilla. Díselo. Que estamos juntos. Que estamos bien.
Porque este es mi cielo, Elena. Al
final, mira tú, resulta que existe. Es hermoso. Huele a cuero, a comino, a hierbabuena
y a jazmín. Sabe a dátiles y a mandarinas. Se impregna de la arena del Sahara. Se
tiñe de rojo cada atardecer. Tú lo conoces bien.
Esto es todo. Me limito a
esperarte, con el pequeño de Fátima pegado a mis talones. Te añoro en cada ola
de este mar. En cada playa. ¿Sabes qué? Debiste morir conmigo. Este era nuestro
paraíso. Y está a punto de convertirse en un infierno sin ti.


