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sábado, 15 de septiembre de 2018

LA DISTANCIA EXACTA ENTRE DOS MUJERES


El pasado julio se publicó en la revista de Renfe un relato mío. Me ha hecho muchísima ilusión estar ahí, amenizando el viaje de todos los usuarios del tren. El tren ha sido siempre mi medio de transporte favorito. Aquí tenéis el relato que podréis ver también en la página 98 de la revista en este enlace : Club Renfe. Número 30







La distancia exacta entre dos mujeres
Yo tenía dieciocho y aún daba los besos con los ojos cerrados. Él debía tener al menos treinta. Era francés. Y alto. Su mujer, no. Era muy bajita. Solo recuerdo eso. Lo bajita que era. Y el bebé, por supuesto. El bebé lo recuerdo muy bien. Todo sigue en mi mente. El vagón. El olor a vómito y a talco. Su pelo rubio. Los ojos claros de él, tan iguales a los del niño, clavados en mí. La mancha de nacimiento en el dorso de su mano.
El hombre que se sienta a mi lado en el AVE, tiene una mancha idéntica en la suya. Cierro los ojos. Y todo vuelve. Sus ojos grises. El paisaje deslizándose tras la ventana del tren, a toda velocidad. Entonces, era el tren el que estaba quieto mientras el cielo y los campos trigueños galopaban furiosos. Ahora el tiempo fuera se detiene, y aquí dentro todo se desboca. Miro mi reflejo en la ventanilla. La distancia exacta entre esta mujer y la que fui es de veintiún años, tres abortos y un divorcio. La distancia exacta entre esa mancha en la mano de ese hombre y la del otro se desvanece en cuanto alzo mi vista hacia su rostro y descubro los ojos marrones del hombre que viaja mi lado. Pelirrojo. Unos cuarenta. No es él. Y el tiempo vuelve de nuevo a detenerse en el vagón, para retroceder más de dos décadas. Cierro los ojos, como solo saben cerrarlos las chicas de dieciocho que besan a desconocidos en los baños de los trenes. Y vuelvo a recordarlo todo. Su aliento en mi cuello. Su mano en mis muslos. El roce de su barba. Recuerdo mi espalda pegada a la pared de ese baño minúsculo, claustrofóbico. Y de nuevo el tiempo detenido. El tren detenido. Me quedé media hora en aquel baño. Sin atreverme a abrir los ojos, hasta que el tren reanudó una marcha vacilante, incierta y convulsa. O quizá era yo la que me movía así. Como un autómata que sabe que se dirige de vuelta a un vagón que intuye vacío. Lo estaba. Olía a leche agria y a decepción.
Ignoro la distancia exacta entre este tren y aquel. Entre esta mancha en la mano y la otra. Entre la mujer que le pregunta la hora al pelirrojo y la chica que, con la cabeza apoyada en la ventanilla, perfilaba con el dedo índice sus labios hinchados. Solo sé que ambas observan su propio reflejo, mientras se preguntan quiénes son, a dónde van, si el tiempo corre, vuela, se para o se desboca. Quizá ni siquiera son la misma mujer. Porque ahora beso con los ojos abiertos, y nunca a desconocidos. Aunque veintiún años, tres abortos y un divorcio después, fijo la vista en ese reflejo y veo a las dos, haciendo equilibrios en el espacio y en el tiempo. Y creo que no me equivoco, juraría que ambas, en un ejercicio de perfecta sincronización, nos hemos echado a llorar.

domingo, 26 de agosto de 2018

PROCRASTINAR

No puedo titular de otra forma esta entrada. Mi eterna manía de dejarlo todo para el final. Sobre la campana escribo este relato para ENTC.  Pero qué le vamos a hacer. No me da la vida.
En fin, la fotografía de este mes era esta de Cristina García Rodero. Sábanas, madres, regañinas maternas. Y esto fue lo que salió. Espero que os guste.




El último pensamiento del sargento Juan Soler. 

Noviembre. 1938. Observen a ese sargento que está a punto de ser ajusticiado contra un muro.  Con esa dignidad propia de los vencidos, mantiene la mirada fija en el muchacho que va a dispararle. Deja su mente en blanco. En sus ojos, bajo el recuerdo de todos los hombres que mató en la última batalla cuando aún no sabía que sería la última, encuentra una imagen de su infancia: su madre, cantando en la era mientras tiende la colada. 
Giren ahora la vista ciento ochenta grados. El que apunta es un soldado raso de apenas diecisiete años. Fíjense en el temblor anárquico de su mano derecha y en cómo escudriña los ojos del ajusticiado. Ya saben lo que está viendo. Lo que no saben es que el muchacho reconoce en la madre del sargento a la suya propia. La naturaleza siempre, inexorablemente, acaba encontrando nuestro punto más débil. Es por eso que solo cuando esquiva la mirada del hombre, consigue apretar el gatillo. 
Luego se acerca al muerto. Con la misma mano derecha, le cierra los ojos. Aunque sabe que ya nunca dejará de ver esa era. Ese vaivén cadencioso de las sábanas. Nunca dejará de ver a esa madre.

jueves, 21 de junio de 2018

Unos pies sobre el agua


El mes pasado no me dio la vida (horrorosa expresión) para participar en Esta Noche te cuento. Este mes me he puesto a ello Y me ha salido uno de amores extraños de gente incompleta que se siente completa. 

La imagen que inspiraba esta convocatoria era esta de Benoit Courti





Tullidos

El día en que ella no lo vio por primera vez, estaba en el muelle, sentada, con sus piernas suspendidas sobre el agua. Balanceándose. A él aún le duele ese recuerdo. Por una vez en su vida sintió un relámpago reptando por sus brazos invisibles y un calambre en el preciso lugar donde sus manos nunca estuvieron. 
Se pelean por hablar, porque eso sí pueden hacerlo ambos. A él le apasionan sus descripciones de sonidos. El arrastrarse de un caracol. El estruendo del contenedor del vidrio, al vaciarse en un camión. El crichcrich del plástico rígido, el de los envoltorios de regalo. Él no le dice que nunca ha abierto un regalo. A cambio, él suele describirle el mar. Es torpe con las palabras: le dice que es azul, o gris. Ella, en su oscuridad y según el día, lo siente tibio, anguloso, esférico o áspero. Pero no le corrige. 
Nunca se tocan, porque eso ya no pueden hacerlo ambos. Se sientan a una distancia exacta de cinco palmos (medidos con las manos de ella) y siete miradas (medidas con los ojos de él). Y así pasan las tardes. Esperando al día siguiente.
Para no verse.
Para no tocarse. 

domingo, 15 de abril de 2018

De ventanas y otras historias

Qué le vamos a hacer. No me gusta la foto que este mes tenía que inspirar nuestro relato de Esta Noche te Cuento. Ventanas, dragones o sirenas. Todo junto, así. Y me ha quedao un relato raro. De ausencia. Muy de penas.  No muy mío. O más bien, muy de la Arantza que empezó a escribir microrrelato hace cinco años. 
Bueno, es lo que me ha salido. no quisiera faltar a mi cita con ENTC.

Fotografía de René Maltête

Lucas: Capítulo 15, versículos 11 al 32.

“Lucaaaaaas, a cenar”. Casi puede oírla. Le gusta recordar su voz así. La voz de cuando ella era su madre y él un niño de ocho años que jugaba en ese jardín. ¿Qué le dirá? Quizá un “¿Por qué, Lucas?” Quiere pensar que abrirá la puerta y le dejará entrar. Aunque hayan pasado treinta años. Mira hacia arriba, esperando verla salir por esa ventana por la que siempre asomaba para despedirlo, cuando iba al colegio. La ventana de la foto. El cristal de la puerta le devuelve su reflejo. El tipo que lo mira es un fantasma que nunca tuvo ocho años. Timbra. En cuanto se abre la puerta, la boca se le llena de silencio. Solo se miran unos segundos. Es ella. Y no lo es. Es lo que su ausencia ha hecho de ella. Y no lo reconoce. Porque él ya no es Lucas. Es un reflejo en el cristal. Le dice eso de “No damos limosnas”. Así que él da media vuelta y deja atrás todo. El Lucas que fue. La ventana. La foto sobre la chimenea. Su madre. Esa que, sin llorar, aprieta los puños y murmura con voz inaudible “tu padre murió en 2006”

jueves, 8 de febrero de 2018

SOMBRA AQUÍ Y SOMBRA ALLÁ

Inquietante la propuesta de ENTC de  este mes. de esas fotografías que te dan vuelta la cabeza del revés como a esa niña y te dejan mal cuerpo para todo el día.
Esta es mi propuesta. Pasen, pónganse cómodos y lean. 

Fotografía de Tom Waterhouse

LOS ÚLTIMOS

Desde que los niños desaparecieron, la ciudad se ha llenado de un silencio denso y casi masticable. Todos hacemos como que es normal. Pero no lo es. Como tampoco es normal ese olor a adulto que lo impregna todo. Ya no huele a caramelos de cereza ni a goma de borrar de nata. Huele a desinfectante y a coche nuevo. A laca de uñas y a consulta de dentista. Aún así, a veces, puede sentirse su presencia. A mí me ha pasado. Cuando eso sucede, me giro, incrédulo, para tropezar con su sombra tatuada en una pared. No son más que eso. Sombras. Nos esforzamos por seguir con nuestras vidas, aparentando normalidad. Por eso del qué dirán. Y nos levantamos, nos vestimos, salimos a las calles, ignoramos su ausencia, comemos, bebemos, bailamos, reímos e incluso hacemos el amor. Eso sí, a desgana, porque sabemos que nuestro semen se derrama ahora sobre vientres estériles. En unos años, los habremos olvidado. Nos habremos acostumbrado a esas sombras, a esos olores y a ese silencio que sustituyó a sus gritos de socorro, y que ignoramos con cobardía. Ese silencio que se desparramará sobre nuestras tumbas. Esas sobre las que nadie llorará.   



jueves, 11 de enero de 2018

ES TIEMPO DE... MICROBIBLIOTECA

No sé que tiene la Microbiblioteca, que siempre me sorprende. Le tengo mucho respeto a este concurso. Por eso, cuando como hoy, me entero de que un micro mío ha ganado allí, me asalta una sensación que solo puede describir como una mezcla de rubor e incredulidad. Rubor, por que sé de todos los grandes escritores que participan cada mes. Incredulidad porque siempre pienso que mi micro no estará a la altura. Esa sensación se multiplica hoy, cuando mi relato ganador, es un relato con una voz muy poco "Portabales", muy críptico, con doble o triple elipsis y cuasiexperimental.
Sea, como sea, feliz de estar ya en esa final anual de junio, y gane o no gane, intentaré estar en Barberá en Septiembre.

Imagen tomada de Internet

Diagrama de causa y efecto

El día que murió H. Manrique, Darío Jardiel, subió al metro por primera vez en diez años.  Mientras los hijos de Manrique redactaban la esquela, Darío se situó detrás de una mujer rubia de abrigo rojo. Mientras los amigos de Manrique se acercaban al tanatorio como hormigas en formación, Darío, lentamente, deslizó su mano por su espalda, hasta detenerla en su culo. Mientras llegaban las coronas de flores, Darío apretó su mano sobre las nalgas de la mujer. Mientras la mujer de Manrique lloraba, Darío comenzó a frotarse rítmicamente contra ese abrigo rojo. El cura preguntó a los hijos de Manrique cuándo sería el oficio, mientras Darío jadeaba en la oreja de la mujer.
Ambos acontecimientos discurren paralelos, como universos de ficción. Manrique sigue muerto. El cerdo se frota contra la rubia. No se aprecia relación entre ambas historias. Aunque les aseguro que si Manrique no hubiese resbalado en la ducha, Darío no estaría ahora a punto de correrse en un vagón abarrotado de metro.
Ahora me retiro y los dejo solos para que especulen a dónde va la rubia, por qué resbaló Manrique, o por qué demonios Darío no cogió, como cada día, el autobús número dieciséis.



sábado, 6 de enero de 2018

HOLA 2018. ES TIEMPO DE PAYASOS.

Comienza el año 2018 y la web de Esta Noche te Cuento aparece renovada. Una excusa como otra cualquiera para escribir un relato.

La propuesta es un relato basado en esta imagen:

Fotografía de Thomas Hoepker




Arriba. Abajo. Norte. Sur.

Un payaso no es un buen payaso si no controla su rictus. Rictus alegre. Rictus triste. Payaso melancólico. Payaso feliz. Es una cuestión de orientación. Más de sentido que de dirección. La carretera es la misma, pero no la ve igual el prisionero que huye de la ciudad que el soldado que vuelve a casa. Hacia el norte. Hacia el sur. Un beso en la frente no es un beso en los labios. Hacia arriba. Hacia abajo. Una mano en el regazo nunca será igual a una mano explorando bajo la falda. Un payaso es un buen payaso cuando no le tiembla el pulso al dibujar el trazo de su sonrisa fingida, concluye el tipo, mientras la taquimecanógrafa rubia que tiene al lado, en la barra del bar, piensa que está pirado. Aunque no puede evitar que le guste esa sonrisa (hacia arriba) que contrasta con la pintada en su rostro (hacia abajo). También piensa que falta una hora para volver a la oficina. Que no estaría mal ir hacia el Metro. Coger la línea azul. Y, si la sigue, poner rumbo a su casa. Hacia el norte. Y, si no lo hace, volver al trabajo. Hacia el sur.